Diarios / Journals

 

Tenía 18 años, era el verano del 2013 y estaba terminando la preparatoria. La escuela a la que iba era una prepa tecnica y me requería hacer prácticas profesionales para graduarme, a pesar de que nunca me titulé como técnico electrónico porque apenas aprendí a medir el amperaje(?) de una resistencia.

Durante mis prácticas profesionales en el área de servicio técnico de un museo de la ciudad, empecé a desarrollar, aunque no lo reconocí hasta mucho después, síntomas de ansiedad y depresión, a raíz de sentir la incertidumbre del futuro; quería ser escritor o periodista, y estudiar algo dentro de las humanidades o la comunicación, pero en mi día a día no hacía nada semejante. En la escuela llevaba materias todas de ciencias exactas, en la tarde actualizaba el software de PC’s e iba a clases de francés. No tenía mucho tiempo para leer o escribir, algo que pensaba que necesitaba hacer a toda costa si quería ser el siguiente comunicólogo nacional a la altura de Denisse Dresser o Carmen Aristegui (sí, yo era ese morrito de prepa). Comencé a sentirme cansado todo el tiempo, triste o melancólico sin ninguna razón aparente y además, empecé a comer. Fue probablemente la primera vez en la que comía una cantidad ridícula de dulces y pasteles solo para aliviar el dolor o llenar el vacío o lo que sea. Necesitaba sentirme bien, rápido, pero solo duraba minutos.

Después de graduarme, habiéndome inscrito a la carrera de Letras Hispánicas, mi depresión no hizo más que empeorar, esas vacaciones empecé a autolesionarme, lo único que podía hacer era ver blogs en internet e interminables series. En esa época salió la primera temporada de Orange is the new black, Orphan black, The fosters; también se estrenaron las películas G.B.F, 52 Tuesdays, Breaking the girls. Ese verano devoré todo eso y más de las series y películas que habían salido en años anteriores. Mi mente había llegado a tal deterioro que solo podía concentrarse en las historias de ficción puestas ante mí y si no lo tenía, si mi mente caía en la realidad, comenzaban las conductas autodestructivas, la autolesión, los atracones de comida, el llanto sin parar.

Comencé la terapia psicológica en noviembre de ese año, justo después de haber terminado una brevísima relación que tuve con una chica que también sufría de depresión, ansiedad y un desorden alimenticio. Después de darnos cuenta que Yo no necesito ayuda, tú necesitas ayuda; no, tú necesitas ayuda, yo no! no nos llevaba a ningún lado, nos tomamos un “break”, aunque no fue sencillo, pues me sentía profundamente traicionado, no tardé en darme cuenta que eso era lo mejor para los dos. Al año siguiente empezó mi costumbre de escribir en un pequeño cuaderno lo que sentía, a modo terapéutico. Hoy me doy la oportunidad de presentarlo; esto, también como un ejercicio terapéutico.

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