Problemáticas alrededor de la disforia de género ¿Volviendo tangible lo intangible o patologización trans?

En plática con un amigo que está tomando sus últimos cursos de la carrera de psicología, tocamos el tema de la disforia de género. Me dijo que una amiga trans de él odia el término disforia y que “se lo pasaba por los huevos”, opinión que él comparte, y no quiere continuar con la patologización trans desde su posición como (futuro) psicólogo.

Para el caso, Missé y Coll-Planas (2010) tienen un trabajo que recomiendo muchísimo para el que se quiera enterar de dónde viene el activismo de la despatologización de la transexualidad, si bien de hace ya unos años, antes de la publicación del DSM-V, los autores no solo exponen las posturas alrededor del tema, haciendo a mi ver una muy buena crítica histórica, también sirve como una introducción al debate actual que considera todas las problemáticas de la vivencia trans actual, algunas de las que comentaré aquí.

Esto no busca ser un comentario alrededor del ensayo de Missé y Coll-Planas, me sirvo de él como una de mis fuentes de información, pero quiero también exponer las posturas que he estado reflexionando a lo largo del tiempo y, sobre todo, abrir el debate hacia otras voces de la comunidad trans.

Patologización

En la última década las discusiones dentro de la comunidad trans alrededor de la disforia de género y la patologización trans, suele inclinarse a que la disforia de género es una herramienta del sistema cisheteropatriarcal para continuar la opresión de los cuerpos disidentes; “si tienes pene, eres hombre; si tienes vulva, eres mujer. No hay forma de que eso cambie” es una frase que probablemente todas las personas trans hemos escuchado. La cisheteronormatividad nos obliga a sentirnos mal porque nuestros cuerpos no “están bien”, con frecuencia se liga el ser trans a un sufrimiento o malestar perpetuo por no estar en un “cuerpo completo”; bajo esta postura, es la visión cerrada de la sociedad la que incita el sufrimiento de las personas trans, y no el ser trans en sí.

Federico Soriguer y Manuel Valdés (Missé y Coll-Planas: 2010:48) consideraban que ser transexual tenía que ir embonado con el sufrimiento, de acuerdo a ellos, “el transexualismo (…) debe ser considerado una condición biológica que al trastocar las certezas establecidas sobre el género, hace sufrir a las personas que la padecen”. Tan era el sufrimiento la mayor característica del transexualidad que hoy le llamamos disforia (de género) y es este el nombre que recibe el diagnóstico de acuerdo al DSM-V.

Entonces, ¿qué es disforia?, de acuerdo a Wikipedia, porque la palabra no está registrada el Drae, la disforia se caracteriza generalmente como una emoción desagradable o molesta, como la tristeza (estado de ánimo depresivo), ansiedad, irritabilidad o inquietud. Es el opuesto etimológico de euforia. Eso es, eso es ser trans.

La constante obsesión de “adecuar nuestro exterior con nuestro interior” influyó muchísimo en el discurso transgénero/transexual del siglo pasado; hoy en día es muy raro escuchar a hombres o mujeres trans que dicen “estar en el cuerpo equivocado”, o que “están atrapados en el cuerpo de un hombre/mujer”. Recordemos que el lenguaje es casi una institución creada por y para el sistema hegemónico, y usar el lenguaje para explicar una situación que es mal vista o considerada una “desviación” por la sociedad es lógicamente muy difícil y complicado, pero, tema aparte, ¿realmente estamos en el cuerpo de alguien más? Con esa pregunta es que la reflexión actual estriba en aceptar que nuestros cuerpos nunca han estado equivocados, y a la aceptación de la disidencia corporal/identitaria.

A pesar de lo importante que es politizar nuestros cuerpos e identidades de esta manera, de alguna forma, tener la disforia de género dentro del DSM-V es muy útil. Si bien no todas las personas trans lo desean, muchas buscamos la transición médica, en forma de tratamientos hormonales o procedimientos quirúrgicos; más aún, si la disforia no fuera considerada un padecimiento mental, ¿cómo se hubiera logrado, en la Ciudad de México y en Argentina, una legislación que permite a las personas transgénero el acceso a servicios endocrinológicos, psicológicos y surtido de hormonas de forma gratuita?

Es así que debemos recalcar lo que vamos a entender como despatologización trans, que no es simplemente decir “somos trans pero no necesitamos doctores”. La despatologización se extiende a las relaciones de poder entre el Estado, las instituciones médicas y de salud mental frente a la comunidad trans.

Cuando se defiende la despatologización de la identidad trans no se persigue únicamente la desclasificación del trastorno de los manuales de enfermedades, sino que se trata sobre todo de reivindicar que las personas trans en los tratamientos médicos que puedan requerir deben ser reconocidos como sujetos activos, con capacidad para decidir por sí mismos; se trata de reivindicar la autonomía y la responsabilidad sobre sus propios cuerpos, de tomar la palabra para hablar de sus propias vidas, algo que hasta ahora habían hecho exclusivamente los médicos (Missé y Coll-Planas, 2010: 46).

Pero entonces, ¿se puede construir una narrativa que hable de la disforia sin caer en términos patologizantes?, ¿qué podemos decir que es la disforia desde la narrativa transgénero? Como comunidad necesitamos dejar de escuchar el discurso médico y de describir nuestra realidad en base a este. Nuestra realidad es solo nuestra y no debe ser dictada por preceptos médicos patologizantes.

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Violencia y resistencia corporal

Para mí, ser transgénero, o mejor dicho, sentir disforia, que no es sinónimo de lo primero, ha significado una constante lucha entre el sentimiento de mi cuerpo y lo que es mi cuerpo. Siento disforia, me inyecto testosterona y quiero realizarme una mastectomía en el futuro. Pero, ¿odio mi cuerpo?, ¿violento mi cuerpo al aceptar esos procesos? Para mí no es una reacción de violencia, sino de resistencia.

En mi vida he cometido infinidad de actos violentos hacia mi cuerpo y mi mente. Tengo una larga historia de conductas autodestructivas, de un desorden alimenticio, de autolesiones, de decirme una y otra vez que no valgo y que soy un monstruo. Eso es violencia, y en algunos casos, ha sido la respuesta que he encontrado, en situaciones de miedo y de ira, para culparme a mí y mi cuerpo de mi disforia.

La resistencia, en cambio, como respuesta lógica de la violencia, ha sido muy distinta. Este cuerpo se rehúsa a morir. Este cuerpo se rehúsa a dejarse morir. El tratamiento hormonal y las cirugías, aunque al exterior podrían parecer acciones drásticas, o incluso un reforzamiento de las expectativas de género normativas, no son más que un acto de resistencia corporal, porque si no lo hiciera, literalmente me mataría.

También es una resistencia ante el orden hegemónico del género, que me quiere macho, me quiere opresor, violento y fuerte, pero me reúso a ser ese tipo de hombre. ¿Han notado con qué facilidad algunos hombres trans hacen comentarios misóginos cuando están en grupos solo de hombres (trans o cisgénero)?, se burlan de las mujeres por las mismas tonterías que los machos lo hacen, y gritan “feminazi” al mismo tiempo que cualquier otro macho cis lo haría. Se asimilan con una facilidad increíble al orden patriarcal, como si este nunca les hubiera afectado en algún momento por tener útero. Ese es el mismo orden que nos quiere enfermos, no hay otra forma de decirlo.

La palabra disforia, entonces, ha servido a nivel discursivo para expresar de manera concreta un sentimiento, volviéndolo tangible y real. Todos los seres humanos sufrimos algún nivel de inconformidad con nuestros cuerpos; bajo el orden capitalista, aún más en los cuerpos asignados femeninos al nacer, el cuerpo es fácilmente cosificable (en occidente, el cuerpo blanco y esbelto, por ejemplo), se vuelve moneda de cambio, nos da valor de la forma más enfermiza. Pero esto no es la disforia, necesariamente.

La disforia no nos deja dormir. La disforia duele. Físicamente duele. Vamos, no voy a negar que ciertos deseos responden a cierto orden heteronormativo, pero a la vez… ¿se puede evitar? Hay numerosos casos de hombres transgénero, por ejemplo, que han transicionado de formas alternativas a base de dieta y ejercicio y han estado satisfechos. Cada transición es diferente, y ajustarnos a las normas de género a veces es inevitable, no debemos dejar de criticarlo por eso, pero es inevitable.

En conclusión, propongo una reapropiación de la palabra disforia como herramienta discursiva que sirva para expresar la realidad, no única de las personas trans “binarias”, pero sí particular de los individuos de género no conformista; y una resignificación de la masculinidad trans, ya no como asimilación al orden hegemónico del género, sino como una construcción propia. Ante todo, no debemos olvidar nuestra posición de hombres con privilegios en el sistema binario de género, tomar los espacios que ya tenemos y volverlos más abiertos, menos violentos.

 

Y ustedes, ¿cómo hablan de su disforia, si lo hacen?

¿Cómo resisten?

 

REFERENCIA:

Missé, M. y Coll-Planas, G. (2010), La patologización de la transexualidad: reflexiones críticas y propuestas, Norte de salud mental, vol. VIII, nº 38: 44-55.

 

 

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